Los espectros han contribuido con su aportación a la cultura

La inspiración es la materia prima, y la fuente de todo escritor. La semilla que fecunda la imaginación, y la hace brotar, por medio de un proceso creativo. Si bien existen temas centrales que han inspirado a los escritores a lo largo de la Historia, como son la vida, el amor y la muerte, no menos cierto es que cuando se pregunta a un escritor cuál es su fuente de inspiración, las expresiones suelen ser de lo más variadas.

Los hay que presumen de musas. Otros se inspiran en sus temas favoritos, y otros que recurren a las teorías psicoanalíticas, y reconocen sus obras, como un resultado de su inconsciente. Todos los escritores suelen acordarse, y echar en falta a las musas en su fase creativa, pero muy pocos agradecen a sus inspiraciones espirituales, su participación en la obra. Una actitud un tanto injusta e inmoral.

¿Nos imaginamos por un momento la cantidad de obras que actualmente llevarían un nombre femenino, si los escritores, las hubiesen reconocido como coautoras? Como vemos, en el mundo editorial, como en otros sectores de la vida, la egolatría, siempre ha marcado tendencia. Las frases del tipo “Yo he venido a hablar de mi libro”, las tapas de los libros, con las imágenes de los autores, así como su pequeña biografía y su prólogo, son muestras evidentes de ello.

Pero además de las musas, y de las hipotéticas divinidades, existen otra serie de entes, o de espectros que también han contribuido con su aportación a la cultura. Me refiero a los espectros, más conocidos con el nombre de fantasmas. James Merril, sin ir más lejos, escribió a lo largo de años, su extenso poema The changing light at sandover, a través de consultas con la ouija, hecho que le otorga la más que merecida categoría de espiritista.

Pues bien, no menos asombroso es el caso del poeta Víctor Hugo. El año pasado, la editorial Wunderkammer, publicó el libro Lo que dicen las mesas parlantes. La obra recoge las conversaciones que al parecer mantuvo el escritor con los espíritus. La obra es una traducción de un libro de Jacques Pauvert, llevada a cabo por Cloe Masotta, publicado en el año 1964, e incluye el contenido de uno de los cuatro cuadernos que Víctor Hugo escribió, con mensajes del más allá.

No se trata por lo tanto de una obra literaria, sino de una crónica dictada, en donde algunos personajes se transforman en elementos parlantes de la naturaleza, como el océano. Muy significativa y reveladora, es la advertencia e instrucción que la muerte le dirige a Hugo, a la hora de abordar el proceso creativo.

Según la muerte, los artistas llevan a cabo dos obras en su vida: la vital y la fantasmagórica. Y no se olvida de recriminarle su descuido con esta última. Entre los interlocutores destacan figuras relevantes de la cultura, la ciencia, la filosofía y la espiritualidad, como Shakespeare, Moliere, Galileo, Platón, o el mismísimo Jesucristo, quien afirma que “la verdadera cuestión no es amar a los corderos, sino hacerse amar por los tigres”.

Las revelaciones causan tanto asombro y admiración en el escritor, que llega a considerar la posibilidad de abandonar la pluma, para convertirse en un profeta que diese testimonio de ese mundo espiritual.

José Luis Meléndez. Madrid, 14 de abril del 2017
Fuente de la imagen: Flickr.com

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