Hoy los pájaros están tristes, y a pesar de la primavera, guardarán su minuto de silencio

A pesar de tus increíbles esfuerzos, no has podido aguantar los pocos días que quedaban de intensa lluvia. El suelo arcilloso que te ha mantenido erguido, más de medio siglo, no ha podido evitar la caída fatal, a escasos diez metros de la casa donde vivo. Has resistido hasta el último momento. Lo tenías decidido y hablado con la tierra, y has elegido la noche para caer lentamente al pavimento, sin despertarnos a los vecinos. No querías hacernos sufrir. Has preferido que no escuchásemos tus últimas palabras. Has cumplido así tu última voluntad.

Podías haberme esperado. Quizás no sabías que hace dos años pude asistir y escuchar algo que la mayoría de las personas no han oído. No era el crujir de una rama, ni la amputación de un tronco. Eran los últimos sonidos de otro pino que me dirigía mientras caía, sus últimas palabras. Fue como el tuyo, un crujir lento y doloroso, mientras sus raíces se desprendían del suelo.

Yaces tan solo a dos metros del compañero tuyo que hace un año y medio, al cual tuve la suerte de despedirme y darle el último abrazo. Hoy los pájaros están tristes, y a pesar de la primavera, guardarán su minuto de silencio. ¡Qué impotencia da verte aquí a mi lado, y no poder levantarte! Levantaré mi pluma a los cuatro vientos, y me transformaré así en árbol, para darte tu merecido homenaje. Me abandonaré al viento y sacudiré mi tronco y mi alma para lanzarlas al suelo como piñas apalabradas.

¡Cuántas crías de aves, habrás acunado en tus ramas!, ¡Cuántas bodas clandestinas se habrán celebrado en tus nidos!, gracias a tu labor celestina. ¡Cuántas canciones y cuantos conciertos se habrán tocado en el grandioso auditorio de tu copa!, acompañados por la música y el viento entre tus ramas. ¡Cuántas conversaciones secretas habrás escuchado durante todo este tiempo, debajo de ti!

Nunca entendiste porqué venían cada invierno esos hombres de verde a amputar tus ramas. Te daban escalofríos los sonidos de las motosierras. No quisieron escuchar estos “hombrecitos del bosque” el reclamo verde de tus compañeros y de nuestros vecinos proclamando el eslogan: “menos talas y más palas”. Te vas triste, porque no repueblan vuestras viejas tumbas. El hombre es para vosotros un verdugo, que no tiene ni la vergüenza de ponerse la capucha.

Echaré en falta cada día tu cuerpo erguido, como si se tratase del mejor vecino, del mejor amigo, o el mejor hermano. Y antes de que vengan a hacer leña del árbol caído, sembraré con mis manos tu hueco, con este puñado de palabras.

Descansa en paz.

José Luis Meléndez. Madrid, 12 de Mayo del 2016

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