¿Cárceles, o campos de concentración animal?

Los circos humanos que explotan animales en contra de la voluntad de estos, son algo más que cárceles. En estos campos de concentración animal ambulantes, a diferencia de los centros penitenciarios, se les obliga a los animales a la realización de trabajos forzados. Y por supuesto carecen de los privilegios del régimen de visitas correspondiente, por parte de sus familiares, amigos, y demás allegados. Pero no solo eso. Las condiciones sociales, higiénicas y sanitarias en las que viven son tan precarias e indignas, que la inmensa mayoría reducen su expectativa de vida a la mitad de lo que le correspondería a su especie en su hábitat natural.

Dicho de otra forma, las cárceles humanas son para los animales que trabajan en el circo, verdaderos hoteles de lujo, en los que los derechos y las obligaciones guardan un considerable equilibrio. En una cárcel al menos, toda su población es humana, y está ahí por alguna razón o motivo, es decir, porque en un determinado momento han tenido un comportamiento que ha causado algún perjuicio a la sociedad. Además tienes derecho a un abogado de tu misma especie que te defienda, y a un médico que habla el mismo idioma, al cual puedes dirigirte y explicarle tus dolencias y preocupaciones con la absoluta garantía de ser escuchado, entendido y atendido. En un circo NO.

Los reclusos, a diferencia de nuestras entrañables criaturas, tampoco se ven obligados a viajar cientos de kilómetros durante la semana, de una ciudad a otra en condiciones lamentables, ni soportar cambios extremos de temperatura. Uno está en la cárcel, y sabe por qué está, incluso antes de entrar. Esto les permite a los humanos reflexionar y reconocer lo que han hecho mal, y rectificar dicho comportamiento. El hombre de antemano es consciente de su tiempo de condena, lo cual le permite albergar la esperanza de recuperar un día la libertad perdida. Incluso en un centro de reclusión, uno tiene la opción y la posibilidad de elegir libremente las actividades o estudios que le permitan desarrollarse y rehabilitarse personal y profesionalmente. Un animal NUNCA.

Un animal en un circo, no sabe que es lo que ha hecho mal, ni porqué unos seres que se definen como especie superior, los raptan, los separan de sus familias y condenan a vivir a cadena perpetua en una injusta, incomprensible y despiadada reclusión. Como consecuencia de los trabajos repetitivos y de la privación de libertad a la que son sometidos, muchos animales presentan importantes patologías como son la obesidad, debido a la falta de movimiento, y atrofia muscular como consecuencia de las posturas forzadas y antinaturales que adoptan a lo largo de sus vidas. La vida es para los animales tan monótona y triste en el circo, y sus trabajos tan repetitivos, que la mayoría acaba adoptando comportamientos estereotipados, como es el mover la cabeza o su cuerpo de un lado a otro de manera repetitiva.

En Indonesia tienen a los elefantes tres días atados, hasta que “rompen el alma” del animal (ver imagen), momento en el cual comienzan a ser dóciles. Luego su precio de mercado sube, y es exportado a los circos. Algunos circos hacen su propia doma. Luego prosigue el sufrimiento en los circos, con unos garfios, llamados ankus. ¡Qué divertido!, ¿verdad…? Pues este es el precio de una sonrisa humana. Un poco cara diría yo. ¿Tanto nos cuesta sonreír como para tener que acudir a estas vejaciones con los más débiles? ¡Qué espanto de seres humanos, y qué vergüenza da pertenecer a veces a esta especie!

El sufrimiento al que se ven sometidos antes de su función, no tiene nada que ver con la actuación estelar que se aprecia en la pista, por la cuenta que les trae, una vez que entran por la puerta de atrás. Así como consecuencia del estrés, los animales se dan golpes en la cabeza, muerden los barrotes, como queriendo cortarlos para salir, e incluso llegan a automutilarse.

¿Se imaginan una especie “superior” a la humana, que pagase entradas en algunas cárceles para pasar un “buen rato”, mientras dichos especímenes contemplan las hipotéticas acrobacias de nuestros presos? ¿Cuáles serían sus sentimientos? Pues esta es otra diferencia entre los circos y las cárceles. De éstas afortunadamente no se hace un espectáculo, ni se degrada al hombre como especie, al contrario de lo que hacen “los hombres” que “trabajan” en los circos tristes con animales.

Pues bien, ahora sí que podemos decir que estamos más preparados e informados, a groso modo, para poder hacernos una ligera idea (nunca sabremos su estado real), de los estados físicos y psicológicos por los que pasa un animal desde que es secuestrado de su hábitat para ser domado y explotado de forma posterior en un recinto en el que “seres supremos”, pagan la más de contentos una entrada, con el fin de pasar una hora divertida, a costa de una vida de sufrimiento, privación y muerte animal.

Si uno confiesa su condición de amante de los animales (lo cual es muy loable), y aun así, sus principios morales le permiten entrar en uno de estos circos tristes, una de dos: o ignora que los animales son seres dotados de sentimientos similares a los humanos, o tiene un problema que debiera resolver lo antes posible, en beneficio de toda la sociedad, a la cual pertenecen también estas criaturas.

Recuerden. Detrás de una sonrisa humana, se esconden muchas vidas rotas, y demasiados sentimientos de depresión, de miedo y de tristeza animal. Una alegría momentánea y esporádica esbozada a costa del sufrimiento de los seres más débiles de la sociedad, debiera ser lo suficientemente inmoral y abominable como para que estuviera abolida su práctica en pleno siglo veintiuno. ¿O es que todavía no tenemos suficiente con los miles de años que llevamos de tortura animal?

José Luis Meléndez. Madrid, 28 de mayo del 2016
Fuente de la imagen: respuestasveganas.org

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