Tenemos antecedentes muy cercanos de cómo algunos políticos conservadores, han influido de una forma partidista en el referéndum del Reino Unido

Admiro a los catalanes. No tengo familia en Cataluña, ni hablo catalán, pero las relaciones profesionales que he mantenido durante años con ellos, en el transcurso de mi vida profesional, han sido cordiales, fructíferas, y muy enriquecedoras. Son personas cultas, educadas, y con un gran sentido común. Algo esto último muy comprensible, si se tiene en cuenta, que el seny, es uno de los principios básicos, que han cultivado los habitantes de esta bella tierra, llamada Cataluña.

Nunca he dejado que el revanchismo madrileño catalán, existente afortunadamente en contados sectores de la sociedad, causase mella en la imagen real que guardo de su gente. Me gusta la música mediterránea de su gente, cuando habla. Su trato afable, directo e igualitario. Su sentido del humor, y su agudeza intelectual. Por este motivo me siento triste, cuando veo una Cataluña fragmentada. Soy consciente de que la sociedad catalana ha estado muy mediatizada por los sentimientos locales. Eso que algunos llaman nacionalismo, y al que otros grupos populistas, disfrazados de progresistas, intentan rentabilizar con la excusa de un referéndum de autodeterminación.

Como si ser progresista consistiera solo en ir a votar, y no en tener una perspectiva más global y plural del mundo que a uno le rodea.  O como si el ser nacionalista y progresista no fuese un contrasentido. El nacionalismo no puede progresar cuando se pone a sí mismo unos límites o fronteras territoriales e ideológicas. El nacionalismo es excluyente. El progresismo por el contrario es integrador. El nacional progresismo no es ni uno cosa ni la otro. Es sencillamente un absurdo contrasentido, es decir puro populismo. El nacional populismo, se olvida y prescinde de los demás sentimientos. Estoy convencido que una gran parte de catalanes se sienten ciudadanos del mundo. Personas antes que europeos. Europeos antes que españoles. Españoles antes que catalanes.

Los catalanes y catalanas, han empezado a darse cuenta, de la catadura moral de los dirigentes que les han representado en los últimos años, y que han practicado  una política de enfrentamiento con el resto de los españoles, resucitando los fantasmas del franquismo. Las últimas estadísticas así apuntan a una bajada del voto nacionalista. Es curioso que se pretenda hacer un referéndum secesionista, sin detallar antes los planes del día después, en lugar de convocar una consulta en aras de una mayor integración con el resto del mundo, sin proponer antes una reforma Constitucional que defienda y garantice la idiosincrasia de Cataluña. Eso demuestra la falta de imparcialidad, y de seriedad que un plan de esta envergadura requiere. España es una nación y Cataluña una región de dicho Estado, por lo tanto serían todos los españoles, los que en un hipotético caso, tendrían derecho a votar. El procés, por lo tanto, supone un gesto de rechazo a uno de los derechos básicos de todos los españoles. Conviene hablar por lo tanto, para ser igualitario con las demás regiones de España, hablar de regionalismo, más que de nacionalismo.

Lo verdaderamente inaudito, es que estos grupos populistas, se consideran a sí mismos de izquierdas y demócratas, cuando se posicionan a favor de los sentimientos locales de una minoría regional, en lugar de tener en cuenta a la mayoría de los españoles. Españoles que no se han planteado el tema de la independencia de Cataluña, del País Vasco, ni de su tierra siquiera, porque trabajan pensando en el interés general de España, incluida Cataluña, y no en una república excluyente. Esta actitud choca con la de los verdaderos principios democráticos, y progresistas. No se puede vivir en dos patrias (término nacionalista y usado últimamente por los populistas) a la vez. Los señores de la ambigüedad, prefieren vivir en su cómoda y rentable contradicción e indefinición. Ignoran que uno no se puede sentirse español e independentista al mismo tiempo. Ni tener un corazón nacionalista y otro progresista, según los intereses y las circunstancias del momento. O se es una cosa o la otra.

Si la Constitución Española, considera ilegal este proceso, es más que probable que en el hipotético caso de que se celebrara el referéndum, y saliese como resultado el “si” secesionista, Europa no reconociese como Estado a Cataluña. Cabe preguntarse por tanto, si en ese contexto, la Generalitat tendría la solvencia suficiente para avalar los cien mil euros del Fondo de Garantía, por titular y cuenta con los que los catalanes europeos cuentan en la actualidad. ¿Qué ocurriría si el barrio madrileño de Hortaleza (por poner un ejemplo), decidiera independizarse de la capital? ¿Apoyarían estas fuerzas populistas el voto excluyente y minoritario de los hortalinos, o sería necesario como en un Estado de derecho, que votasen todos los madrileños?

Es verdad que los nacionalismos catalán y vasco han contribuido durante unos años a la estabilidad de España, a cambio de contrapartidas. Pero no menos cierto es que podemos aproximarnos a una situación de consecuencias desastrosas,  y  lamentablemente irreversibles. Tenemos antecedentes muy cercanos de cómo algunos políticos conservadores, han influido de una forma partidista en el referéndum del Reino Unido. Muchos de estos ciudadanos, se sienten engañados, y quieren volver a sentirse europeos dentro de Europa. El problema es que ahora es demasiado tarde. No podemos caer en la misma trampa. ¿O es que los españoles desean un Brexit catalán?

José Luis Meléndez. Madrid, 15 de Abril del 2017
Fuente de la imagen: Flickrhivemind.net

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